Primera Parte
El dilema de la seguridad soviética
Pocas naciones han sentido con tanta intensidad el peso de su geografía como Rusia. A lo largo de su historia, la vastedad de su territorio ha sido una paradoja: una bendición estratégica y, al mismo tiempo, una vulnerabilidad casi permanente. Las llanuras que se extienden desde el corazón de Europa hasta los Urales, sin montañas que sirvan de muralla natural, han convertido al país en un corredor abierto por donde, siglo tras siglo, han pasado ejércitos enemigos con relativa facilidad. La defensa activa, pretende acabar con esos problemas militares.
Desde las incursiones mongolas del siglo XIII, pasando por las invasiones polacas y suecas de los siglos XVI y XVII, y más tarde las campañas de Napoleón en 1812 y de Hitler en 1941, la historia rusa puede leerse como una secuencia de invasiones, retiradas y contraofensivas.

Cada una de esas experiencias dejó una huella indeleble en la mentalidad estratégica del país: la convicción de que Rusia no puede esperar pasivamente a ser atacada. El costo de la victoria en la Segunda Guerra Mundial, normalmente enunciada en 27 millones de seres humanos que perdieron la vida a causa de la guerra, es una herida que aparentemente nunca habrá de sanar totalmente.
Entonces, la defensa de “la Madre Rusia” no se construye en las fronteras, sino en la capacidad de adelantarse, maniobrar y golpear con fuerza antes de ser arrasada.
Durante la Segunda Guerra Mundial, esa mentalidad alcanzó su máxima expresión.

Tras sufrir pérdidas colosales en los primeros meses de la Operación Barbarroja, el Ejército Rojo aprendió que sobrevivir exigía transformar la defensa en una acción dinámica. Las grandes ofensivas soviéticas de 1943 a 1945, no fueron simples respuestas: fueron defensas que se convirtieron en ataques planificados, una demostración práctica de que la mejor forma de proteger el propio territorio era destruir la capacidad ofensiva del enemigo.
Es así como en los campos en la zona de Kursk los soviéticos detuvieron la operación Ciudadela. Esto preparó el terreno para lo que se convertiría en la poderosa Operación Bragation, que culminaría con la eliminación del Grupo de Ejércitos Centro de Alemania.
Con la llegada de la posguerra y la irrupción de las armas nucleares, esa lógica no desapareció, sino que tuvo que adaptarse.
La Unión Soviética, aunque victoriosa sobre la Alemania Hitleriana, se encontró rodeada por un nuevo cinturón de amenazas. El bloque occidental, liderado por Estados Unidos y reforzado por la creación de la OTAN en 1949, desplegó una red de bases, radares y arsenales nucleares a pocas horas de vuelo de Moscú.
El Kremlin veía en cada nueva instalación, en cada tratado y en cada maniobra militar, una confirmación de su pesadilla histórica: el cerco, esa sensación de estar constantemente bajo vigilancia y presión desde el exterior.
Entra V.D. Sokolovksi a reformar al Ejército
Fue entonces cuando los estrategas soviéticos empezaron a elaborar una respuesta que conciliara dos exigencias contradictorias: la necesidad política de mantener una postura defensiva ante el mundo, y la necesidad militar de mantener la iniciativa.
Esa respuesta cristalizó en la doctrina de la “defensa activa” (активная оборона), una forma de pensar la guerra que pretendía ser defensiva en su intención, pero ofensiva en su ejecución.
El concepto no nació de la nada. Era la continuación natural de una tradición que se remontaba a los teóricos militares de entreguerras, como Mijaíl Tujachevski, quien defendía la idea de las operaciones en profundidad: atacar al enemigo no sólo en el frente, sino en toda la extensión de su despliegue logístico y moral.
Ahora, en un mundo donde las armas nucleares podían aniquilar ciudades en minutos, esa visión adquiría una nueva dimensión: la defensa debía ser rápida, móvil y total, capaz de neutralizar una amenaza antes de que alcanzara territorio soviético.
El mariscal Vasili Danilovich Sokolovski, jefe del Estado Mayor y uno de los principales arquitectos de la doctrina soviética de posguerra, sintetizó esta visión en su obra “Estrategia Militar” (1962). En ella, Sokolovski afirmaba que el objetivo de la defensa activa no era resistir pasivamente un ataque, sino preparar y ejecutar contraataques decisivos que destruyeran al enemigo en toda la profundidad del campo de batalla.

“La defensa activa no consiste en permanecer en posiciones fortificadas, sino en mantener la iniciativa, anticipar los movimientos del enemigo y responder con la fuerza necesaria para asegurar su destrucción.”
— V. D. Sokolovski, Estrategia Militar: Doctrina y Conceptos Militares Soviéticos. (1962)
Así, la defensa activa se convirtió en algo más que una doctrina militar: fue la traducción conceptual de un trauma histórico.
Cada generación de dirigentes soviéticos, desde Stalin a Gorbachov, heredaron la convicción de que la supervivencia del Estado dependía de su capacidad para moverse antes de ser golpeado.
Era, en esencia, una forma de defensa nacida del miedo y de la memoria: del miedo al cerco, y de la memoria de lo que ocurre cuando Rusia espera demasiado. Y más peligroso aún: Permitir que la sociedad rusa, sea dividida.
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