Como hemos visto a lo largo de esta serie de artículos, el surgimiento del Estado Islámico en 2014 representó una amenaza sin precedentes para la estabilidad de Medio Oriente. Aprovechando el vacío de poder y el caos derivados de las guerras en Siria e Iraq, el grupo extremista logró conquistar vastas zonas territoriales en ambos países, instaurando un autoproclamado califato con su capital en Raqqa (Siria) y su ciudad más importante en Iraq: Mosul. No obstante, tras alcanzar su apogeo, comenzó una serie de campañas militares coordinadas, tanto regionales como internacionales, que culminarían en su colapso territorial. Una de las variables claves en este proceso fue la intervención rusa en Siria a partir de 2015, la cual, aunque indirectamente, afectó también el curso de los acontecimientos en Iraq.
La Intervención Rusa en Siria no tenía como objetivo derrotar al EI
Rusia intervino militarmente en Siria en septiembre de 2015 en apoyo al régimen de Bashar al-Asad, que se encontraba debilitado frente al avance de múltiples grupos insurgentes, incluidos yihadistas como el Estado Islámico. El objetivo de Moscú no era solamente derrotar a los islamistas, sino mantener a su aliado al-Asad en el poder.

El despliegue militar ruso —que incluyó bombardeos aéreos, asesoramiento militar y logística— tuvo un impacto significativo en el equilibrio regional. La presión ejercida por los ataques rusos sobre el Estado Islámico en Siria lo forzó a replegar recursos y a asumir una postura más defensiva, afectando su capacidad operativa binacional. La pérdida de territorio y la interrupción de rutas logísticas entre Siria e Iraq comenzaron a fracturar su cohesión territorial, debilitando su aparato militar en ambos frentes.
El Frente Iraquí: La Contraofensiva Multilateral
Mientras tanto, en Iraq se organizaba una respuesta multilateral que fue esencial para derrotar al Estado Islámico en ese país. A partir de finales de 2014, el gobierno iraquí, con el respaldo de Estados Unidos y una coalición internacional, inició una ambiciosa campaña militar para recuperar el territorio perdido. Esta ofensiva se desarrolló en varias fases y combinó acciones del ejército iraquí, las fuerzas especiales, las unidades de contraterrorismo, las milicias chiitas y los peshmerga kurdos.

La coalición internacional liderada por Estados Unidos jugó un papel clave, especialmente mediante ataques aéreos, vigilancia por drones y asesoría militar sobre el terreno. A esto se sumó un esfuerzo por debilitar las redes financieras del EI, atacando instalaciones petroleras controladas por el grupo y bloqueando sus fuentes de ingresos ilícitos.
Entre las operaciones más significativas destacan:
- Batalla por Ramadi (2015–2016): La capital de la provincia de Anbar fue uno de los primeros grandes triunfos del ejército iraquí tras meses de combate urbano y ataques aéreos.
- Liberación de Faluya (mayo-junio de 2016): Histórica bastión del extremismo suní, su recuperación fue simbólicamente importante y estratégicamente necesaria para avanzar hacia Mosul.
- Campaña de Mosul (octubre 2016–julio 2017): Considerada la batalla más sangrienta del conflicto, involucró a más de 100,000 combatientes y provocó una crisis humanitaria masiva. La ciudad, ocupada por el EI desde 2014, fue recuperada tras casi nueve meses de combates casa por casa, y con enormes pérdidas civiles y materiales.
La coordinación entre diversas fuerzas, a pesar de rivalidades étnicas y sectarias, fue fundamental para avanzar. A medida que el EI perdía control territorial, también se desmantelaron sus sistemas administrativos, fiscales y de propaganda local.

El Declive del Califato y su reducción a guerrilla
Tras la caída de Mosul, el Estado Islámico colapsó rápidamente en otras zonas del norte y oeste de Iraq. Para diciembre de 2017, el gobierno iraquí declaró oficialmente la victoria militar y el fin del califato en su territorio. No obstante, esto no significó la eliminación completa de la amenaza. El grupo se adaptó rápidamente y pasó a operar como una insurgencia clandestina, volviendo a sus raíces previas a 2014.
Desde entonces, el EI ha llevado a cabo ataques esporádicos, emboscadas y atentados en regiones rurales y montañosas, aprovechando la falta de presencia estatal y las disputas entre Bagdad y el gobierno regional kurdo. Las provincias de Diyala, Salah al-Din y Kirkuk siguen siendo focos de actividad insurgente, aunque muy por debajo del nivel de amenaza que representaban durante el apogeo del califato.

Iraq ya no es la gran potencia regional que llegó a ser en el pasado. De hecho, todo el medio oriente, para mediados de 2025, es un polvorín listo para incendiarse nuevamente en el futuro, gracias a la pugna entre Israel y sus vecinos. Solamente el tiempo dirá qué le depara a la región, que ha estado muy movidita desde hace miles de años.
Muchas gracias por leer esta serie con referencia a Iraq. ¿Tienes alguna sugerencia de historia militar que te gustaría que exploremos? ¡Coméntalo!
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